Confieso que soy un devorador de libros jurídicos en el sentido de pastar por las librerías en busca de presas, de abalanzarme sobre varias a la vez, de despedazar la capturada y masticarla o rumiarla mentalmente. Sin embargo, en los últimos años me siento como un viejo león que comienzo a dejar pasar los antílopes de las revistas especializadas, a esperar tumbado la...
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